Mañana me compro otra maleta

05.2026

Mañana me compro otra maleta

Por fin he llegado. Pensé que no llegaría nunca. ¡Mis pies se pegaban a la alfombra como si fuera asfalto derretido!

La habitación huele a cerrado y a ambientador, pero al correr las cortinas y abrir las puertas del balcón, entra de golpe un aire cálido y limpio que lo inunda todo y deja tras de sí un rastro de sal y humedad. En ese mismo instante, el sol del medio día penetra en el cuarto con la fuerza de un ejército y baña de luz y color cada rincón, cada objeto.

Desde el balcón veo cómo el viento empuja las olas contra la arena en un ciclo infinito y cómo aleja las nubes, que, como ligeras goletas, surcan un cielo profundo y azul. La brisa que viene del mar despeina las hojas de los eucaliptos y las despoja de su esencia.

A lo lejos se escuchan las risas y los gritos de júbilo de los niños que chapotean en la piscina, y en la cafetería suena suavemente La vie en rose. Hasta los pajaritos, con sus rítmicos trinos, parecen celebrar la vida.

Mientras el sol me calienta por dentro, siento que mis costados están entumecidos. Es como si todo el peso que he arrastrado a lo largo de la vida doblegara mi voluntad y me anclara al suelo, de modo que, aunque quiera moverme, no puedo. Tal vez los golpes que he recibido a lo largo de los años no hayan dejado en mí huellas visibles, pero siento que algo se ha roto en mi interior, algo que ya no tiene arreglo. Y es que hay que reconocer que envejecer ha sido agotador.

— ¡Ay! ¡Cómo quisiera tener alas como los pájaros para poder volar, jugar y perderme en el cielo inmenso!

Qué típico, ¿verdad?, desear ser algo que no he sido o tener una vida que no he tenido, ahora, justo ahora, al final de mi último viaje, porque de verdad presiento que este será el último.

Por un instante, el pasado me asalta como un ladrón y me arrastra a un mundo de sueños añejos, recuerdos de cuando no viajaba sola, de cuando todo lo compartía con un compañero, tanto lo bueno como lo malo. ¡Qué tiempos aquellos! ¿Acaso se cansó de mi compañía? ¿Se hartó de que compartiera con él mis cargas?

Hablo, pero nadie me escucha. Este invierno lo he pasado encerrada entre cuatro paredes, consumida por el aburrimiento y la soledad, rodeada de cachivaches inútiles y fotos viejas. Me sentía como un trasto más olvidado por todos.

Hablo, pero nadie me oye. ¡Tengo mil historias que contar y tan poco tiempo! He recorrido medio mundo... ¡He visto tantas cosas! He trabajado noche y día…, pero ¿a quién le importa?

El sol, que empieza a quemarme, me devuelve bruscamente a la cruda realidad y me invade una extraña sensación de paz, ¿o es resignación?

—¡Qué tonta soy! Al fin y al cabo, quién va a querer escuchar las confesiones de una maleta vieja.

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