
Colores del cielo
“Los cielos están declarando la gloria de Dios; y de la obra de sus manos la expansión está informando”. (Salmo 19:1.)
El pasado domingo fui invitada inesperadamente a asistir a un magnífico espectáculo. En el escenario las ligeras nubes se extendían hacia el ocaso como la melena rizada de una mujer, salpicadas de luz y color. Parecían peinadas por los dedos de Dios mientras flotaban en la dorada inmensidad. En el patio de butacas las sombras se recortaban nostálgicas sobre el cielo poniéndole marco terrenal a un acto divino. Entonces noté como se ensanchaba mi corazón dentro del pecho al contemplar, exultante, tanta belleza y quise parar el tiempo, congelar aquel momento y atrapar ese rosado resplandor en un lienzo, copiando ágilmente, como hacía Van Gogh, al gran Maestro… pero el sol se escondió bajando el telón y cubriéndome de oscuridad y añoranza.
Regresé a casa pensativa. Mientras el cielo exhibía sus mejores galas me percaté de que otros asistentes se mantenían ocupados en sus quehaceres diarios, impasibles y ciegos, con la ingratitud y falta de aprecio del que obtiene algo sin esfuerzo. ¡Qué pena!
Queridos amigos, afortunadamente los mejores espectáculos no cuestan dinero. Todos estamos invitados a presenciarlos cada día, seamos ricos o pobres, malos o buenos, jóvenes o viejos, lo merezcamos o no; solo tenemos que hacer una pausa y prestar atención. Es verdad que la vida está llena de atardeceres, que mañana también se pondrá el Sol, y que el otoño pronto teñirá de rojo, naranja y amarillo los bosques, como siempre. Pero también es cierto que los días no vuelven, que ninguno es igual, y que se escurren como el agua entre los dedos. No esperemos a la jubilación o a que nos falle la vista para descubrir que nuestra vida ha estado en realidad llena de atardeceres perdidos.
