
Galicia
Cómo me gusta salir a pasear las tardes en las que la lluvia cesa y, dándonos una tregua, nos permite ver ponerse el Sol tras las montañas azules, adornos perennes de un paisaje que me conmueve cada vez que lo miro.
A veces pienso en dónde me gustaría vivir, tal vez, algún día, cuando las fronteras no existan y el tiempo se detenga, pero durante estas tardes violetas, pierdo las ganas de recorrer el mundo y sólo siento que mis pies se aferran a la tierra, como las raíces de un árbol, para beber de ella. Entonces cierro los ojos e intento guardar en el frasco de mi memoria el olor del invierno: un toque de mimosa, algo de lumbre, eucalipto, hierbabuena, musgo, agua y brisa fría. No no no. El invierno gallego huele a algo más, huele a verde, a azul, a limpio, a nube, a tormenta, a tierra mojada, a sol. ¿Cómo puede algo tan intangible y etéreo como un aroma enredarse en el alma y apretarla en un abrazo? Si pudiera atrapar el perfume del invierno y respirarlo cuando los nubarrones descargan sobre nosotros mares, lagos y ríos hasta el hastío, no volvería a sentir jamás el impulso de vagar sin rumbo por otros lugares.
